La memoria de mi pasado

Cuba, el paraíso perdido (1999/2017)

Primer viaje (La Habana y valle de Viñales, mayo 1999).

Siempre me he preguntado por qué esa obsesión con Cuba, buscando en mi interior recuerdo vagamente aquellas historias que mi abuela Antonia, la madre de mi padre, nos contaba de niños, de su estancia en La Habana en la época colonial, puede que aquello quedara grabado en mí.

Cuba fue sin duda el primer proyecto fotográfico qué abordé en mi carrera, en 1999 al cumplirse 40 años de la Revolución decidí visitar La Habana, era un viaje soñado que durante años llevaba aplazando, quizás por la cantidad de fotógrafos que ya habían dado su visión de la Isla, pero había llegado el momento y como fotógrafo tenía que ofrecer mi punto de vista a través de mis sensaciones personales, fuimos con nuestros amigos Juan Antonio y Teresa e hicimos un viaje turístico, aunque para mí fue la antesala de un largo proyecto.

En el traslado del Aeropuerto José Martí hacia el hotel Nacional, donde me alojé en este primer viaje, ya sentía en mi interior esa sensación que nos dice a los fotógrafos que hay algo especial para que nuestro objetivo se ponga en funcionamiento de forma continuada.

En ese viaje me doy cuenta que allí están sucediendo muchas cosas que mi cámara está ávida de captar.  Conocí a Raúl Cañibano, fotógrafo cubano por medio de Juan Manuel Díaz Burgos, fotógrafo amigo y gran experto en Cuba, que llevaba años visitando, contacté con él y me asesoró en muchas cuestiones.

Recorrimos La Habana guiados en un almendrón (coche americano de los años cincuenta) de alquiler por el gran cicerone Abilio que en un par de días nos enseñó gran parte de una ciudad que podría habría sido la más bella de América Latina. A pesar de todos los inconvenientes, sus casas, calles, parques y sus gentes tienen ese algo especial que brilla desde sus ojos y que te hace imposible no accionar el disparador de la cámara a cada momento. Conocí a Abilio por medio de un matrimonio de médicos, a los que llevaba una carta de su hermano que me dio su sobrina cuando se enteró que venía a Cuba, algo habitual para que las cartas lleguen a su destino aquí en Cuba… En agradecimiento nos acercó a un paladar (restaurante cubano) y nos recomendó a Abilio como guía turístico. Por el camino nos paró la policía y se vieron envueltos en un incidente al pensar la poli que traficaban con nosotros llevándonos en su coche.

Al día siguiente quedamos con Raúl en el Cine Yara y nos enseñó a caminar por La Habana, la calle Monte y sus soportales, Centro Habana, La Habana Vieja, el paseo del Prado… Todo nos asombraba y no parábamos de hacer fotos.

Otro día visitamos con Abilio el Valle de Viñales, donde conocimos la Cuba Guajira. Plantaciones de tabaco y café predominan en esa región cubana donde podía contemplarse a menudo grandes carretas tiradas por bueyes que transportaban durante todo el día una pesada carga. Comimos en el paladar de Nora y Luis, una casita en el pueblo de Viñales, donde Abilio se empeñó en poner el coche a la sombra en un lugar intransitable, que en realidad era para ocultarlo, allí se comía la mejor langosta de Cuba, clandestinamente, con el tiempo ambos acabaron en la cárcel por algún chivatazo. Abilio nos pidió llevarse las sobras para hacerse con ellas un arroz al día siguiente, pero habría de enterrar los caparazones en su jardín para que no le descubrieran, llegaban incluso a rastrearle la basura nos contaba.

Fue un viaje que nos fascinó a todos, también a mis acompañantes. Disfrutamos conversando con la gente, escuchando música cubana mientras bebíamos un mojito, bañándonos en Varadero, paseando por el Malecón a la caída de la tarde y escuchando las interesantes charlas de Abilio. Pero para mí esto no era suficiente, la última tarde me escapé solo y recorrí el barrio de Centro Habana, la Habana más auténtica, donde puedes ver a la gente viviendo en sus calles, jugándose al dominó un trago de ron, los niños practicando béisbol o baloncesto con una pelota de trapo que se deshace al golpear, los jóvenes bailando al son de una salsa y los viejos sentados en sus escalones delante de esos portones que dejan ver los resquicios de una época colonial que me recuerda ese dicho de mi infancia “…más se perdió en Cuba”.

Al regreso a España sentí que Cuba me había calado hondo y a pesar de estar satisfecho del trabajo realizado, deseaba volver de nuevo y hacer muchas más fotos.

En este viaje empleé dos cámaras panorámicas (Horizon 202 para hacer infrarrojos y Noblex 135U de objetivos fijos de barrido y ángulo ancho como dicen los cubanos) más la Hasselblad de formato medio y un montón de películas de haluros de plata.

Me presenté con el proyecto al Centro Andaluz de la Fotografía, a través de su director de entonces, Manuel Falcés (q.e.p.d.)  y quedó muy satisfecho hasta el punto que me organizó una exposición y la adquirió para los fondos. Hoy tengo el honor  de estar en esa colección que integran grandes figuras de la fotografía internacional, el proyecto se denomina “Cuba, fin de milenio”. Las imágenes las positivé personalmente en proceso de alta calidad con papeles de emulsión de plata y baños de virajes de conservación al selenio, sulfuro y oro en formatos de 50×60 cms., y algunas otras de mayor formato.

http://www.juanmiguelalba.es

 

 

 

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